A veces pienso que para descubrir una ciudad no hace falta ir demasiado lejos.
Hace
unos días estuve recorriendo las callecitas de Palermo Hollywood y descubrí que, entre
sus casas y fachadas hay un museo que nadie parece haber inaugurado.
Murales enormes, pequeñas pegatinas escondidas, dibujos, grafitis, frases que aparecen de repente, como si alguien hubiera dejado una pista para el que camina con los ojos abiertos.
Cada esquina tiene algo para mirar y cuando creés que ya viste todo, doblás y aparece otra pared, otro mural, otro detalle. Y quizás lo más lindo sea eso: no saber qué vas a encontrar cuando dobles la próxima esquina.
Y entonces caminar deja de ser simplemente caminar, es curiosear, es descubrir, es mirar hacia arriba, hacia abajo, hacia los costados. Y por supuesto, sacar fotos. Muuuuuchas fotos.
Me gusta ese tipo de arte que aparece en medio de lo cotidiano, que no necesita un museo para existir. Está ahí, mezclado con las casas, los árboles y el ruido de la calle.
Palermo se transforma así en un museo al aire libre: un museo sin puertas, sin boletería y sin recorrido establecido. Todo hecho por artistas locales que van dejando su huella y transformando, poco a poco, el paisaje.
Porque
hay rincones que parecieran estar hechos especialmente para Instagram, pero que
en persona tienen algo más: esa pequeña sorpresa de encontrar belleza donde no
la estabas buscando.
Así que, si tienen ganas de hacer algo diferente, les propongo perderse un rato por este barrio de Buenos Aires tan particular.
Vayan
sin mapa y con los ojos bien abiertos, porque nunca se sabe qué puede aparecer
en la próxima esquina…



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